Hastío. Vivo una rutina
insoportable que duele en silencio y quema desde dentro. Una botella de vino me
tiende la mano en la miseria mientras unas tijeras me coquetean presuntuosas y
el filo de la hoja fría acaricia mi piel como el romántico a su amada, juguetea
en un vaivén insinuante dibujando los caminos de mis venas en una coreografía
jamás ensayada pero aprendida desde siempre. El compás nunca mejor tocado de
una vieja canción de blues que suena en la distancia parece orquestar el
desenlace, el filo de la hoja que ahora besa con pasión mis brazos insípidos
intentando arrancar lágrimas carmesí con ansias locas, dibujan caminos
imaginados en cada poro de mi piel que
responde con espasmos sudorosos, los bellos de mi dermis se levantan
extasiados, previsores de un espectáculo macabro. Y las tijeras sólo quieren
perpetrar un amor idealista; pero siempre he sido cobarde en el amor!
No puedo controlar el temblor de
mi cuerpo, me quema el miedo de lo ansiado! Detengo a mi amante en el borde de
mi vientre, la duda se apodera de mi espíritu.
Soy incapaz de concretar este
idilio tantas veces soñado, el temblor mi testigo susurra mi cobardía y lloro
de frustración. Las tijeras resuellan al caer de mis manos y me miran con
desprecio. Detesto mi voluntad tan fútil y desgraciada, grito con fuego apagado
en la garganta pero que hace daño como nunca mientras destrozo contra la pared
un vaso que sólo pasaba por allí.

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